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La necesidad de un mejor liderazgo

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Actualmente, tanto las empresas y organizaciones como sus directivos apuestan por la necesidad de introducir cambios organizativos para adaptarse a las nuevas demandas sociales. Las entidades sanitarias no están al margen. No obstante, la percepción general es que fenómenos como el de la innovación y el empoderamiento aún no están influyendo de forma suficiente en las relaciones con los profesionales y los ciudadanos. Las tecnologías de la información y la comunicación influyen de manera considerable acelerando la necesidad de profundos cambios de paradigma donde nuevos enfoques se hacen imprescindibles.

Sin embargo, la necesidad de cambio significativo de los líderes se aborda en menor grado. ¿Acaso el líder no está afectado por el cambio? ¿Ha acabado la época del liderazgo? ¿Ya no necesitamos líderes?

La redarquía o liderazgo distribuido que empieza a aparecer de forma un tanto invisible, podría ayudar a cambiar sustancialmente la organización jerárquico-funcional. Nos encontramos ante la muerte anunciada del liderazgo actual: tradicional, transaccional y muy poco transformador.

En las organizaciones sanitarias, la inteligencia colectiva que emana de los profesionales se materializa a través de la relación asistencial y la atención clínica y de cuidados. Los profesionales de la salud cuentan con un alto nivel académico y mucha experiencia, pero aun así el liderazgo clínico no se asocia habitualmente al liderazgo del directivo. Para adaptarse, los directivos deberán enfocar su liderazgo a las necesidades de las personas y de las profesiones. Esto en sí mismo es ya un gran cambio que hará disminuir el significado que aún tiene el liderazgo en las organizaciones sanitarias.

¿Se requiere más liderazgo o un liderazgo diferente?

La ausencia del liderazgo entendido como jerárquico provocará resistencias, sufrimiento y desconcierto. El líder ha muerto o se trata sólo de una crisis de liderazgo por la complejidad que tiene el sector salud, en especial la atención primaria. La insatisfacción es bidireccional y el descontento es percibido por los profesionales de la salud pero también por los propios líderes.

Ante la frustración de observar en el día a día de nuestras organizaciones el liderazgo que anhelamos y no tenemos, y ante la decepción y los problemas causados por esta ausencia, muchos, cuando piensan en el cambio deseado y en el futuro, han despojado al directivo de su rol como líder y lo han substituido por el líder informal y el líder clínico, que aparecen como el líder deseado.

La irrupción del protagonismo de la innovación como la única ventaja competitiva sostenible, la necesidad de contar con la máxima creatividad, inteligencia y decisión de todas las personas frente al mayor protagonismo de la decisión del directivo, la rapidez de la introducción de fenómenos tecnológicos como el de las redes sociales, la necesidad de nuevas formas organizativas, las comunidades y un largo número de fenómenos más, están fomentando la idea de que en las nuevas organizaciones debemos “sustituir” al líder para transformarlo en el facilitador que señala el futuro de un sistema sanitario que contemple a los profesionales y a las personas.redarquia

Lo cierto es que todos estos fenómenos lo único que nos anuncian es que han muerto antiguas formas de entender el liderazgo. En realidad, las organizaciones y la sociedad lo que piden a gritos es un nuevo tipo de liderazgo, mucho más complejo y difícil, pues estas formas organizativas menos estructuradas en realidad exigen más liderazgo.

 

Cada época necesita un tipo de líder

Lo cierto es que la atención primaria solo se transformará si consigue innovar y centrarse sobre todo en mantener sana a la población y cuidar a las personas mayores y con problemas crónicos de salud. Este es el reto a encarar en colaboración con todos los sectores técnicos y sociales.

Y para ello, efectivamente, necesitaremos más creatividad, capaz de introducir organizaciones más flexibles con principios de los que denominamos 3.0 o de tercera generación. Y habrá que dirigir profesionales de una forma muy distinta.

No nos servirá alquilar su tiempo, no nos servirá su conocimiento de rápida caducidad, querremos más. Querremos sus ideas, su creatividad, su pasión, querremos su liderazgo distribuido para que se impulsen nuevas ideas, querremos micro-innovación constante, que participen mucho más en la toma de decisiones.

Y, además, deberemos abordar un fenómeno que afecta de forma radical a las personas de nuestro siglo: la importancia del trabajo como medio de auto-realización personal. Las personas piensan que su vida laboral también es vida y por ello la quieren mejorar.

Estos son los nuevos retos del líder y el liderazgo deberá evolucionar como lo ha hecho hasta ahora para dar respuesta a este entorno. Y las nuevas exigencias son más complejas que las de antes; por ello hay tanta insatisfacción entre lo que se espera y lo que se recibe. 

El concepto de liderazgo en las organizaciones sanitarias ha evolucionado muy lentamente. Entender la evolución es la base para saber dónde nos encontramos y porqué se está generando esa insatisfacción con el líder.

La evolución de lo que le pedimos al que “nos manda” es extraña, pues es acumulativa. Se pide más, sin eliminar lo anterior. Lo que implica más exigencia y dificultad. Esta evolución se produce especialmente en función de la implicación de las personas, cuanto más queremos de las personas, cuanta más implicación requerimos más necesidad de un líder que gestione los aspectos más profundos de las emociones y el alma humana.

La evolución del líder gestor con valores de expertise, control, decisión, gestión de tiempos y resultados, que ejerce su posición con rigor dio paso al líder gestor de personas que busca los resultados a partir de la transacción y la motivación y que es capaz de introducir aspectos como la delegación, el empowerment o trabajo en equipo.

En la actualidad ya deberíamos contar con un líder gestor de cambios con valores relacionados con innovar, gestionar cambios y gestionar emociones personales. Un líder de personas que es capaz de retar, dudar, crear culturas innovadoras donde la creatividad fluye y gestionar resistencias, clanes, creando alianzas y desafíos.

El nuevo líder será un gestor de sentido que integre los valores relacionados con las emociones, los sueños y la trascendencia del trabajo realizado. Líderes al servicio de las personas con una gran dimensión ética que buscará el compromiso y la implicación.

Las nuevas formas organizativas menos “ordenadas”, el nuevo entorno más complejo, las nuevas generaciones con nuevos paradigmas y valores sobre el trabajo necesitan nuevos líderes que guíen más por esos valores y principios que por “órdenes y tareas” y esto, sin duda, requiere más y mejor liderazgo. El liderazgo no ha muerto, ha cambiado.

Por Gloria Jodar i Solà. Enfermera

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